Cuentos Matemáticos de Alicia es una colección de libros destinados a alumnos de Secundaria. Estos libros o cuentos pretenden formar actitudes positivas hacia las matemáticas, estimular el razonamiento lógico-matemático y fomentar el interés hacia la cultura matemática en niños a partir de 12 años.



sábado, 3 de diciembre de 2016

Misterio en el desván

Ese desván no había sido abierto desde 1935. Nadie había traspasado esa puerta desde entonces y yo estaba a punto de hacerlo. Era un momento increíble.

No había vuelta atrás y nada me podía hacer retroceder. Abriría esa puerta como fuera y entraría en el desván. Las pinzas de podar me servirían para forzar el candado.

Casi me corto un dedo pero al final el candado cedió. Empujé la puerta de madera, que chirrió como debe hacerlo toda puerta misteriosa, y avancé hacia el interior de la estancia, iluminada por la luz de la claraboya. Eran las 6 de la tarde. 

Tampoco faltaron las telarañas colgando del techo ni el centímetro de polvo cubriendo suelos y paredes. Predominaba el color gris y mis huellas iban quedando marcadas en todos los objetos. Me sentí transportado al siglo pasado, un viaje en el tiempo.

En un acto reflejo abrí uno de los arcones de madera. Una decena de ratones salió de estampida chillando y corriendo. El susto que me pegué fue de muerte y el olor que invadió la habitación, nauseabundo. Cerré el arcón de un golpe, también en un acto reflejo.

Posé entonces mi vista en un armario alto y profundo.  Respiré hondo, tiré del pomo, se abrió la puerta y..., menos mal, no había ni víboras ni escorpiones, pero sí un montón de trajes colgados en sus perchas, perfectamente apolillados.

En la parte inferior del armario había una caja grande de cartón, casi descompuesta. La saqué como pude. Estaba repleta de guantes: guantes blancos de tela, guantes de cuero negro, guantes de piel marrón..., guantes y más guantes.

Yo ya estaba cubierto de polvo hasta las cejas. De polvo, de telarañas y de caca de ratón. Todavía quedaba mucho por inspeccionar en ese desván y se estaba haciendo de noche. La luz apenas pasaba ya a través de la claraboya y yo no tenía linterna alguna. Opté por salir de allí y volver otro día.

De forma instintiva y sin saber porqué, saqué la caja de los guantes y me la llevé. Se rompía solo con tocarla, el cartón se estaba desintegrando, pero yo había decidido llevarme los guantes a mi habitación, que se encontraba dos plantas más abajo.
Cargué con la caja, con lo que quedaba de caja, y baje las escaleras prácticamente a oscuras. Por el camino perdí varios guantes, no sé cuantos.

Ya en mi habitación, dejé la caja en el suelo y comencé a sacudirme el polvo. ¡Qué asco! mi pelo estaba lleno de telarañas, mi ropa estaba mugrienta y mis manos... en fin, que me lavé las manos, la cara, me peiné y me fui a inspeccionar lo que quedaba de la caja.

Empecé a sacar guantes y a emparejarlos. Los fui colocando encima de la cama, los blancos por un lado, los de cuero negro por otro y los marrones en otra esquina.

Estaba claro que faltaban guantes, pues sobraron tres blancos, dos marrones y uno negro. No me fijé si eran de la mano izquierda o de la mano derecha.

Cuando estaba terminando la tarea de clasificación escuché la llamada de mi tía. La cena estaba a punto de ser servida.
A mí no me gusta hacer esperar a mi tía, la pobre se pasa horas preparando la cena, así que bajé las escaleras y me dirigí directo al comedor. Tengo que decir que mi tía no para de hablar. Según nos sentamos a cenar comenzó su conversación:

- ¿Dónde has estado toda la tarde? no te he visto. Tengo que contarte algo sorprendente: he encontrado varios guantes de colores esparcidos por las escaleras. Eran guantes que parecían sacados de un viejo baúl, pasados de moda y llenos de polvo. Me pregunto de dónde habrán salido.

- ¿Cuántos guantes has encontrado? le pregunté yo, pensando en los pares que aún me faltaba por formar.

 - No recuerdo bien el número exacto pero estoy segura de haber encontrado un número par de guantes de la mano izquierda y un número impar de guantes de la mano derecha.

Con esa respuesta yo no era capaz de saber si todos mis guantes estarían emparejados o no, así que intenté conseguir más información de mi tía, sin contarle lo de mi visita al desván ni lo de las pinzas de podar.

- ¿No puedes recordar el número exacto de guantes que encontraste? ¿Ni su color? le pregunté.

No había manera, mi tía solamente se había fijado en si eran guantes de la mano izquierda o de la mano derecha.

- Verás tía, me faltan tres guantes blancos, dos marrones y uno negro.

- Ay, hijo, pues entonces todavía debe haberse quedado algún guante en el desván -, contestó tranquilamente mientras servía la crema de cangrejo. 

Me quedé muerto ¿Cómo supo mi tía que los guantes procedían del desván? o lo que es peor, ¿cómo supo que con sus guantes y los míos no completaríamos las parejas?



Resumen

Mis guantes: tres blancos, dos marrones y uno negro
Los guantes de mi tía: un número par de guantes de la mano izquierda y un número impar de guantes de la mano derecha


¿Puedes emparejar todos los guantes juntando los míos con los de mi tía?

miércoles, 9 de noviembre de 2016

En barco a Nueva York

En barco a Nueva York
Alicia Yaiza
Estaban muy ilusionadas, por fin había llegado el día. Llevaban meses esperando con ansiedad este viaje. Su padre les había prometido ir a Nueva York en el transatlántico más lujoso. La idea era fantástica: cosas de papá, siempre con propuestas originales.

Las gemelas llegaron al puerto de la Haya con su inseparable institutriz. Allí un montón de barcos de todos los tamaños esperaban su partida. Entre yates y buques de mercancías se encontraba el fabuloso transatlántico que las llevaría a Nueva York.

Subieron al impresionante barco y se instalaron en su camarote. Compartirían camarote con la institutriz, otra de las brillantes ideas de papa. Así estarían vigiladas día y noche.

Según les había dicho su padre, el trayecto duraría siete días y siete noches, exactamente. Había tiempo suficiente para recorrer el barco de arriba a abajo. Siempre y cuando pudieran tener entretenida a la maestra, claro. Había que buscarle alguna distracción para poder perderla de vista. En caso contrario, la aventura transatlántica no sería tal.

Antes de zarpar, vieron cómo una embarcación idéntica a la suya atracaba en el puerto de la Haya. Se trataba de un barco de la misma compañía naviera. Probablemente había realizado el trayecto inverso que el que ellas estaban a punto de comenzar y provenía de Nueva York.